El pianista Federico Lechner presentó en
Madrid su disco ‘Cartas a mi padre’, que huyó del horror nazi cuando tenía
siete años gracias a la ayuda de Nicholas Winton, el Schindler checo, y sus
trenes de la vida.
«Creo en el efecto redentor y balsámico
de la música, y no sólo yo, sino que en muchas ocasiones trágicas de la
humanidad, incluyendo la Shoá (holocausto), se ha demostrado que puede ser así.
No sé si la música hace que el mundo sea mejor, pero estoy casi seguro de que
el mundo sería peor sin música».
Federico Lechner (Buenos Aires, 1974)
reflexiona en voz alta en torno a su disco Cartas a mi padre, que presentó el
sábado pasado en el madrileño Centro
Se trata de un trabajo inspirado en su padre,
Jií Frank Lechner, un judío superviviente del horror nazi que salvó su vida
cuando era un niño en su Praga natal, gracias a la intervención de Sir Nicholas
Winton, filántropo y banquero inglés más conocido como «el Schindler
checo». Esta epístola musical, que incluye composiciones propias y
versiones audaces de piezas de Charlie Parker, Schumman, Gardel o Smetana, fue
presentada en la propia ciudad de Praga hace poco más de dos años, cuando
Federico se presentó ante la escultura de Winton ubicada en un andén de la
Estación Central de Praga, acompañado de sus hermanas Constanza y Karin, ambas
igualmente pianistas. «Yo no conocí a Nicholas», comenta Federico,
«pero mi hermana sí tuvo un encuentro con él en Inglaterra. Charlaron
mucho y tocaron el piano, ya que Winton tenía uno en su casa y era melómano.
Karin tocó incluso en el aniversario de su fallecimiento. Conocemos a sus
descendientes y actualmente guardamos contacto con Anita, que fue la mujer que
lo cuidó y fue su mano derecha en sus últimos años».
Ante el avance del nazismo, los padres de Jií
Frank Lechner y su hermana Hanna decidieron trasladar a sus hijos a Birmingham
en 1939, ayudados por Nicholas Winton, que logró salvar la vida a cerca de 700
niños judíos a través de una suerte de trenes de la vida llamados
Kindertransport (transportes de niños, en alemán). Al año siguiente acabarían
recalando en Buenos Aires, ciudad en la que más tarde coincidirían con sus
padres, que finalmente lograron escapar del horror nazi. El encuentro fue
singular, pues en la mayoría de los casos las familias quedaron rotas y no
volvieron a verse jamás.
Jií Frank acabó trabajando de abogado y
pianista repetidor del Teatro Colón bonaerense. «Tengo recuerdo vagos de
mi padre y de mis momentos con él, algunos pantallazos breves», cuenta
Federico, quien perdió a su padre cuando tenía cinco años. «De mi tía
Hanna sí tengo muchos recuerdos, porque la traté mucho y ella murió cuando yo
ya tenía 25 años. Eran muy diferentes: mi padre era un optimista nato y vital a
pesar de su infancia y de haberse quedado ciego en la adolescencia [por
queratocono, una afección ocular]. Mi tía Hanna nunca pudo desprenderse de la
sensación de fatalismo y desgracia de la guerra y de la muerte de sus padres
bastante jóvenes (sobre todo de mi abuela polaca Rosa). Recuerdos musicales de
mi papá de primera mano no tengo, a pesar de que lo debo de haber escuchado
tocar el piano muchas veces y dirigir óperas otras tantas, pero afortunadamente
sí que tengo unas cuantas grabaciones de él tocando el piano. Tocaba solamente
clásico (y muy bien), pero me consta que le gustaba el jazz y muchas otras
músicas. Fue buen amigo del Mono Villegas y de los fundadores de Les Luthiers,
por ejemplo».
Hay pues, mucha sombra musical de su padre en
este disco epistolar de Federico Lechner, por otra parte, pianista instalado en
España desde hace años, donde es un referente de la escena jazzística.
«Con mis hermanas», concluye, «mantengo mucha relación
profesional. Con Constanza este año hemos hecho cinco conciertos a dos pianos
en la Fundación Juan March de Madrid y el próximo año haremos otros cinco.
Hemos tocado juntos en muchos proyectos. Con mi hermana Karin hemos compartido
escenario en Suiza, Madrid y Sevilla».
El jazz de la Shoá
19/Jun/2018
El Mundo, España- por Pablo Sanz